lunes, 7 de enero de 2013

La virgen de las antenas, Editorial Cuneta, 2011




La virgen ya no susurra esperanza a los vivos


Sobre el poemario La virgen de las antenas
Autora Begoña Ugalde
Editorial Cuneta, 2011

Louis-Marie Grignon de Montfort nació en Francia el 31 de Enero de 1673. Fue un teólogo, sacerdote y escritor cuya obra más famosa es el Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, escrito fundamental dentro de la doctrina que estudia y rinde culto a la Virgen María, la Mariología. Begoña Ugalde nació en Chile el año 1984. Es escritora, licenciada en Literatura Hispánica en la universidad de Chile y Diplomada en Escritura Audiovisual en la Universidad Católica. El año 2011 publicó un libro de poemas por la Editorial Cuneta, La virgen de las antenas.

Ugalde fue Becada en la Fundación Neruda y el francés fue canonizado por el Padre Pio XII. Ugalde en el 2008 recibió mención Honrosa en el concurso Stella Corvalán y el francés fue honrado y beatificado en el año 1888. Entre ambos escritores no hay mucho en común, pero hay algo. Los lazos de unión no se conforman por su historial de vida ni por sus “premios”, el lazo surge por otro aspecto y es que ambos escribieron sobre religión mediante el imaginario de la Virgen, escritura que no por tratar el mismo tema debe necesariamente ser abordada del mismo modo. Es así como estos autores construyen obra desde diferentes focos; uno desde lo divino y el otro desde lo terreno.

En el tratado de Louis-Marie Grignon de Montfort la Virgen es un ser puro, divino y perfecto; “La vida de María fue oculta. Por ello, el Espíritu Santo y la Iglesia la llaman alma mater. Madre oculta y escondida. Su humildad fue tan grande que no hubo para Ella anhelo más firme y constante que el de ocultarse a sí misma y a todas las creaturas, para ser conocida solamente de Dios”. En el libro de Ugalde en cambio, la Virgen es un personaje lejano. Hay una voz lírica denunciante y corpórea, instalada desde un yo que se aleja de la imagen de “María”. Es una madre, pero también una joven mujer que cobijada en sí misma acciona su temple para dialogar con lo íntimo, lo religioso y el resto de creaturas que conforman la vida. “Hoy fuimos con mis compañeras nuevas al funeral. Yo salí un poco antes de que terminara la misa porque me mareó el olor a flores que se concentró en la iglesia”.

La obra de Ugalde aborda lo místico desde la intimidad, creando un puente sobre un mar de revelaciones que germinan en el último poema. El hablante lírico es un ser femenino cuyo discurso batalla contra el cuerpo, su espíritu y ese sentimiento desgarrador al sentirse blasfema. La virgen de las antenas es un viaje, un viaje que enuncia la transformación de una mujer que se dirige a esas imágenes religiosas que por tantos años devoraron sus ojos, para luego perderles el respeto y reconocer que ha perdido la fe. “Luego de recibir la hostia con ansias / apretarla con mi lengua contra el paladar / y tragar despacio / pensé que el cuerpo de Cristo era demasiado insípido / para tantos años de espera”.   

“No aprendo los mandamientos, / me saco malas notas en religión, / no me gustan las parábolas”. El sujeto lírico es un rechazo a lo religioso que a la vez se traduce a una vida dominada (o al menos rodeada) por la creencia. “Aguanté el llanto sin saber a qué rezar. / Entendí que debía esperar callada el fin de la misa”. La virgen de las antenas es un texto-proceso, una vida que con el paso de los años toma consciencia de su metamorfosis, dejando de lado la cristiandad, la primera comunión, la confesión litúrgica, el temor a Dios y los estatutos del buen cristiano.

“El problema de la Virgen es que la iluminan /antenas /con unas luces rojas que asustan. / El problema de la Virgen es que se acerca / demasiado pálida / a tocar mi puerta una noche / y sin olor”. No es que se desprecie la adoración, lo que ocurre es que esta voz se aprecia. Y aprecia su cuerpo, sus cambios (el nacimiento de un hijo), como también la borrachera de la noche anterior, el rezo inconsciente al momento de sentir peligro o el lacrimoso llamado por teléfono a la madre. Se confiesa en cada verso y a la vez intenta exterminar su relación con lo divino, lazo histórico que la transforma irremediablemente en portadora de dolor. Luego de leer la obra, es inevitable pensar que el agente protagónico concibe a la virgen como un ser inmaculado y lejano, jamás una compañera, jamás una compañía. “Te pedí virgencita / que no soltaras mi mano / que me dieras de tu agua bendita / para calmar esta sed. / Que si no voy a tomarme un resto, / deshacerme en ruedos, / romperme en ruido”.

Esta obra propone un conflicto absolutamente universal y contemporáneo; la crisis actual de la experiencia religiosa. Y bajo esta noción, Begoña Ugalde publica una obra importante. Tal como aluden sus versos, las figuras religiosas ya no son dulces, ya no alientan el corazón de hombres y mujeres atorados de esperanza. Ya no es –como escribió Louis-Marie Grignon de Montfort– “mirar a María como el modelo acabado de toda virtud y perfección, formado por el Espíritu Santo en una pura creatura”, sino al contrario, ahora María es una mujer fría, lejana, como un mármol congelado por la soledad del mundo.

En la época del teólogo francés la imagen religiosa era un símbolo de poder y devoción significativo para la mayoría de la sociedad. En la actualidad en cambio, ya no existen tales devociones. Ahora el culto a la imagen resulta un misterio venenoso, una esperanza pálida, una fe confundida o una realidad de muy pocos, lo que es producto de una experiencia de vida tediosa y desconcertante que aturde la vista, empaña la memoria y destroza la voluntad ¿Cómo pedirle cobijo a una escultura si tan cerca del hombro hay manos que destrozan? ¿Acaso el hablante lírico de La virgen de las antenas no sufre este problema?

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